What is like…
I’ve seen a rich man beg
I’ve seen a good man sin
I’ve seen a tough man cry
I’ve seen a loser win
And a sad man grin
I heard an honest man lie
I’ve seen the good side of bad
And the down side of up
And everything between
I licked the silver spoon
Drank from the golden cup
Smoked the finest green
I stroked the fattest dimes at least a couple of times
Before I broke their heart
You know where it ends
Yo, it usually depends on where you start…
XXX
Me despierto hoy, día que celebro mis 30 años, y me encuentro a mi hijo a mi lado en la cama con su típica pereza para levantarse (lo entiendo completamente y comparto su pereza). Cuando ya hemos dado unas 30 vueltas, peleado un rato, vuelto a dormir y luego despiertos de nuevo por los regaños de mamá, me dice: “Papá: feliz cumpleaños. Te voy a dar un abrazo con mis pies.”
Ni la discografía de Bob Dylan o una villa en Ibiza, son tan buenos como ese singular y original regalo de mi hijo: un abrazo con los pies.
No he querido pensar en mis 30 años, porque no se si agradecer por estar vivo, o analizar el porqué no estoy muerto.
Son 30 años con muchísimos fracasos, pero con enormes éxitos personales.
Son 30 años con enormes alegrías, pero con penas que me hacen aprender.
Así que son innecesarias las semblanzas o cualquier otro resumen acerca de cómo llegue hasta ser lo que soy hoy, porque en la de menos, algo pase esta noche, y sea otra circunstancia mañana.
El asunto es que llegué a los 30: tengo un hijo, hace unos días sembré un árbol, y ya casi termino mi libro.
A seguir sumando, y trabajando, porque los feos somos más, y algún día dominaremos el mundo.
Diapsalmata…
Comienza un incendio en la parte posterior de un teatro. El payaso sale a avisarle al público; el público lo toma como un chiste y aplaude. Lo repite; el aplauso es todavía mayor.
Pienso que así llegará el mundo a su fin: con aplausos generales de personas que creen es un chiste.
Søren Kierkegaard
El almuerzo…
Abro mi cajita de “estereofón” (nombre que me agrada por lo stereo), la cual emana un agradable olor a pescado. Mi esposa se ha tomado en serio más que nunca mi propósito de no comer carnes rojas, por lo que sé que en eso no me va a fallar.
Abro la cajita, y encuentro una ensalada a la que le sobraba la cebolla morada, pero tenía suficiente pepino; le faltaba aderezo.
Un plátano frito; así como lo lee. Solo uno.
Estaba por cierto sobre unos innecesarios frijoles, que casi fijo eran importados y salían más baratos que los que producen los frijoleros nacionales. Por culpa de esto, los frijoleros un día de estos, solo podrán comer sus caros frijoles; o dedicarse a sembrar otra cosa; o el terror.
Seguimos paseando por mi caja de almuerzo, y está presente el infalible arroz (imagino que importado también en circunstancias parecidas a los frijoles) impecablemente blanco; tal y como me gusta. Minimalista.
Desgraciadamente, en Costa Rica estamos tan mal, que hasta el arroz y los frijoles los adoptamos de un país extranjero.
Y vamos al causante del olor que salía de la caja: el pescado.
Como siempre en los pescados de soda, era una casi transparente capa de pescado envuelto en un kilo de empanizador. Esta vez venía sobre él, acompañándolo, una pretenciosa salsa tártara, la cual era una mala combinación de crema dulce, mantequilla, algo que parecía queso, y quien sabe cuántos otros ingredientes secretos de una cocinera o mesero con las manos dudosamente limpias.
Con hambre, le “entré” al almuerzo con ganas, pensando en toda la gente que lo único que hacen en blogs o redes sociales (o lo mejor que hacen), es contar vagamente lo que viven a cada instante; incluso mientras almuerzan.
Lo que cague, será la segunda parte de esto…
Microcuento light #1310
Apenas él la vió, la desvistió con la mirada. Ella se sintió desnuda.
La deseaba.
Se deseaban.
Solo mirarse les alteraba la respiración.
A ella la mojaba escucharlo hablar.
El se soñaba sosteniendo sus nalgas.
Al saludarse esa vez, lo primero que supo él, es que ella se casaba.
Por dentro le deseó suerte.
Por fuera, los dos, todavía querían cojer.
Y empezaron a desvestirse, a despojarse de sus trapos, que venían de abrazar a alguien más.
Sus pechos estaban al aire; los de él, perfectamente moldeados del ejercicio físico; los de ella, carnosos y naturales, de una blancura pura y tentadora, con sus pezones duros de imaginar todo lo que seguía.
Se quitaron sus pantalones; ella vio el falo que la penetraría; el sintió ganas de sumergirse eternamente en su pubis.
Empezaron a frotar sus manos sobre sus cuerpos, sobre sus seres, sin dejar de mirarse, de admirarse.
Las caricias eran tan intensas, y tan bien ubicadas, que iban a llegar a su orgasmo sin tener que hacer nada más.
El frío código donde vivía su pasión, llegaba casi a derretirse en cada encuentro como estos. Sus encuentros.
Y cuando sus respiraciones estaban a punto de cortarse y abrirse hacia sus respectivos orgasmos, se perdió la conexión a internet, y se encontraron sentados, desnudos y absurdos, solos en sus sillas…
La Debutante
-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.
-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.
-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.
-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.
Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.
-No tienes más que ir en mi lugar.
-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.
–Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.
Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.
-De acuerdo -dijo de repente.
No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.
-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.
-Por supuesto -le dije.
No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.
-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.
Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:
-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?
-Sí -dije, perpleja.
-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.
-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.
-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.
-¿Y los huesos?
-También -dijo-. ¿Te parece bien?
-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.
-Bueno, eso me da igual.
Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.
-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.
-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.
Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:
-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.
Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.
-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.
Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:
-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.
Después de oír un rato la música de abajo, le dije:
-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.
Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.
-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.” A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.
Microcuento light #2616
Detrás de sus besos había un precipicio; de esos oscuros donde el fondo llega más rápido de lo normal y golpea… golpea con fuerza.
Pero al frente de sus besos, en medio de la textura carnosa de sus labios, había luz… mucha luz.
Había esperanza, emoción, aveces guerra, y otras veces mucha paz…
Mientras estuvo el beso, todo fue un viaje psicodélico de colores, texturas y sonidos. Placer y sabor en simbiosis perfecta.
Cuando se acabó el beso, se acabó la luz, y empecé a caer en el precipicio, del cual solo salgo, cuando la luz de sus labios, vuelven a iluminar mis caídas…
Microcuento light #2114
Todo fue culpa de tu vestido.
Luego fue culpa de los tragos de más.
Luego fue culpa de ese bar de más, de esa esquina oscura, y del atrevimiento a bailar.
Más que bailar nos repartimos caricias; tus manos me guiaban. Yo obviamente disfrutaba.
Y así amanecimos, en el cuarto equivocado, sin saber que había pasado.
La culpa es ajena, cuando la noche es buena.
Todo fue culpa de tu vestido.
Microcuento light #8512
Ya habían pasado dos horas para romper el hielo, cuando en medio del frío aire acondicionado del bar, nació la oferta: un temblor.
No cúmulos de pluralidades metafóricas bañadas en poesía barata. Un temblor. Uno que englobara todas las palabras, sensaciones, miedos y alegrías.
Al país interesado le llamó la atención la oferta; le generó la necesidad. Hasta ese día vivía bien sin temblores, sin calores dentro de su territorio, pero este temblor lo necesitaba, le llamaba.
Sus habitantes internos pedían a gritos un sacudón de madrugada.
La negociación fue dura; debía ser de la manera más natural para no quebrar ningún equilibrio orgánico, pero con una intensidad salvaje para que ninguno lo olvidara.
Hasta que llegó la madrugada elegida con anticipación…
El temblor fue tan intenso que los que dormían con su cabecera viendo al este, despertaron mirando al oeste.
El temblor fue un éxito, no dejó en ningún rincón de ningún pueblo ganas de más. No hubieron damnificados ni fallecidos, aunque si, un corazón confundido…
Matrimonio…
Muro de llamas, puente de lágrimas.
Copo de nieve sobre eslabones recién forjados.
Para que un matrimonio dure, una pareja tiene que atravesar grandes tribulaciones y penurias. Es como el proceso de forjar y unir eslabones de acero. El hierro debe ser calentado a una alta temperatura y luego sumergido en agua fría. Un matrimonio alterna entre el calor de la pasión y el amor, y los gélidos momentos de la tragedia, el conflicto y la adversidad. Un matrimonio perdurable se vuelve como acero templado.
Es difícil ir solo por la vida. Todos necesitamos el apoyo y el sentido de pertenencia que vienen de trabajar hacia metas compartidas con otro. Para que esa relación funcione, tiene que haber una compatibilidad básica de valores, perspectivas y propósito. El que marido y mujer deben ser amigos además de amantes es un cliché inadecuado. Una pareja puede conocer una lealtad que no se encuentra en ningún otro tipo de relación. Pero incluso ante tal fuerza, siempre hay que recordar la necesidad de la moderación.
A la larga, toda relación es temporal. El falso apego a otro puede volverse una adicción, una esclavitud voluntaria en detrimento de una percepción clara. No deberíamos amarrar a otro a nosotros, no deberíamos definirnos a nosotros mismos por nuestro matrimonio, ni deberíamos forzar a otro a quedarse con nosotros.
Pero si se nos permite la posibilidad de caminar juntos, ¿quién es alguien para cuestionar nuestra elección de compañeros de camino?
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